Ante la difícil elección de cara a una futura paternidad entre que mi hijo sea feliz o una buena persona, decido inclinarme firmemente por la segunda opción. Es una postura complicada, pero asumo el coste y el sacrificio que ello suponga a lo largo de su vida.
Para tomar esta decisión, he querido tener en cuenta el punto de vista de mis aitas y amas, pidiéndoles su opinión sobre el tema. Ellos siempre me han transmitido en casa que la integridad moral y el respeto hacia los demás son los pilares fundamentales.
Para mí, ser una buena persona deja una huella positiva y real en el mundo, otorgando un propósito genuino a la existencia del individuo. La felicidad puede llegar a ser algo efímero y egoísta si no se acompaña de unos valores éticos sólidos y fuertes.
Por lo tanto, prefiero que mi hijo mantenga el honor y la bondad como banderas, aunque eso signifique pasar por momentos difíciles. Al final del camino, la rectitud y la empatía son las cualidades que definen el verdadero valor de un hombre.
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