Para afrontar la entrada de esta semana, creo que debo encerrar en un armario bajo llave la moral y la ética, pues el amor de un padre hacia su hijo trasciende todo tipo de lógica, es algo mucho más poderoso y se impone por encima del criterio y la cordura.
Mi respuesta es clara: sí, pondría por delante la felicidad de mi hijo. Antes de pararnos a pensar en todo lo que supone afirmar esto, dejemos claro que nosotros, los humanos, somos por encima de todo seres egoístas, movidos por el interés y la búsqueda de nuestro beneficio, así como el de nuestros allegados. Tomar esta decisión supondría abrir la puerta a que mi hijo pudiese cometer desde pequeñas travesuras hasta verdaderas atrocidades, lo sé. Pero pocas cosas más dolorosas hay en esta vida para un padre que ver a su hijo perdido, insatisfecho con el rumbo que ha tomado su vida, arrepentido de haber escogido aquella carrera en la universidad, de haberse casado con la arpía que tiene por mujer, de haberse distanciado de sus padres por una simple discusión...
Ese vacío en el corazón de un padre es inconsolable, un abismo por el cual se precipita sin remedio. Y quizá ese padre desearía que su hijo hiciese las maletas y abandonase a su mujer de un día para otro, sin previo aviso, aunque pudiese sumirla en una profunda depresión. Quizá desearía que su hijo dejase ese trabajo que tanto detesta y le angustia, aunque significase quedarse en el paro. Sí, quizá ese padre desearía que su hijo mandase todo a la mierda y empezase de cero, aunque fuese un acto infantil, carente de lógica. Porque a ojos de ese padre, ver a su hijo sonreír de nuevo lo justificaría todo.
Por supuesto que hacer eso resultaría tremendamente injusto para muchas personas, pero al ser humano, como buen egoísta que es, poco le importa.
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