Si algún día tuviera un hijo, creo que preferiría que fuese una buena persona antes que simplemente feliz. Y la verdad es que solo imaginar tener que elegir entre esas dos cosas ya me hace sentir un poco incomoda, porque lo normal es querer que alguien a quien quieres tanto sea feliz siempre.
Pero, pensándolo bien, siento que ser buena persona tiene un valor mucho más profundo. Para mí, eso significa ser alguien que sabe escuchar, que trata bien a los demás y que intenta hacer lo correto incluso cuando no es lo más fácil. Y es que la vida no siempre es sencilla ; a veces hacer el bien implica sacrificarse, callarse algo o estar al lado de alguien aunque una misma no esté bien.
Además, la felicidad es algo muy cambiante. Hay momentos felices que duran poco, como cuando te dan una buena noticia o pasas una tarde bonita con amigas. Pero ser buena persona deja una huella más grande. Alguien así puede no tener una vida perfecta, pero hace que quienes le rodean se sientan mejor, más queridos o más tranquilos.
Cuando hablé de este tema con mis padres, ellos también me dijeron que preferirían que su hija fuese una buena persona. Según ellos, la felicidad muchas veces depende de cosas que no podemos controlar, mientras que los valores y la manera de tratar a los demás si dependen de cada una.
Por eso, aunque me dolería saber que mi hijo no es completamente feliz, creo que me sentiría orgullosa de verlo crecer siendo alguien honesto, empático y capaz de hacer el bien a otras personas. Y al final, para mí eso vale muchísimo.
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