Blog XVII
Si tuviera la responsabilidad de criar a un hijo, tengo muy claro que no me dedicaría a revisar sus cosas en secreto ni a perseguir cada paso que da en las redes sociales. Entiendo perfectamente que la base de cualquier relación sana es la confianza, y no el miedo a ser descubierto por un "policía" dentro de su propia casa.
Claro que me daría miedo que se encuentre con gente mala o con contenidos que no sabe manejar, pero si le corto el internet o le espío el Facebook, solo voy a lograr que aprenda a mentirme mejor. Seguramente terminaría usando cuentas secretas que yo no podría ver, y eso es mucho más peligroso que dejar que explore con libertad, pero con cabeza.
Pienso que la privacidad es algo sagrado que todos necesitamos para descubrir quiénes somos. Si yo rompo esa barrera, estoy destruyendo el puente de comunicación que debería haber entre nosotros. Prefiero mil veces sentarme a explicarle por qué hay gente que no es lo que parece, en lugar de ponerle un candado a la pantalla y esperar que eso lo solucione todo mágicamente.
Al final, mi meta sería que mi hijo aprenda a cuidarse solo, porque yo no voy a estar ahí para vigilarlo toda la vida. Si lo acostumbro a que yo soy el que siempre decide qué es peligroso y qué no, cuando salga al mundo real estará totalmente indefenso frente a los problemas.
Prefiero ser esa persona a la que puede acudir cuando se sienta confundido o cuando alguien le escriba algo raro, en lugar de ser alguien a quien tiene que ocultarle todo por miedo a un castigo. La verdadera seguridad no viene de prohibir, sino de saber qué hacer cuando las cosas se ponen feas, y eso solo se consigue hablando y no espiando de forma oculta.
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