Imaginarse en la etapa adulta, a punto de recibir a un recién nacido, evoca una mezcla de ilusión y responsabilidad. En ese momento de máxima vulnerabilidad, surge una pregunta que carece de una respuesta sencilla y que nos obliga a descartar el término medio: si tuviéramos que elegir de forma absoluta, ¿preferiríamos que nuestro hijo fuera feliz o que fuera una buena persona?
Por un lado, el instinto natural de cualquier padre es proteger a su hijo del sufrimiento. Queremos que experimente una vida plena, alegre y libre de cargas pesadas. Sin embargo, elegir la felicidad por encima de todo puede rozar el egoísmo si esa alegría no tiene un sentido moral. Por otro lado, desear que sea una buena persona implica educarlo en la empatía, la justicia y el sacrificio por los demás. Lo complicado de esta opción es aceptar que, en muchas ocasiones, hacer lo correcto o defender a los débiles conlleva sufrimiento, incomprensión y, por tanto, infelicidad.
En mi opinión, es un dilema en el que resulta imposible tomar una decisión definitiva. Si elijo su felicidad absoluta, temo criar a alguien indiferente al dolor ajeno. Pero si elijo la bondad estricta, me duele aceptar que mi hijo pueda vivir una vida marcada por la amargura o el sacrificio personal. Es una encrucijada donde la razón y el corazón chocan, dejándonos en un doloroso punto de inflexión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario