Si me pones en la tesitura de elegir un solo camino para un hijo, sin posibilidad de equilibrio, elegiría que fuera una buena persona. Es una elección difícil porque, como figura protectora, el instinto primario es evitarle cualquier sufrimiento, pero la bondad tiene un valor intrínseco que trasciende la satisfacción individual. Ser una buena persona implica integridad, empatía y un sentido de la justicia que da sentido a la existencia, incluso si ese camino conlleva sacrificios personales o momentos de amargura.
La felicidad, aunque deseable, suele ser un estado transitorio y, en ocasiones, puede ser egoísta si se busca a cualquier precio. Un hijo que es buena persona deja una huella positiva en los demás y contribuye a mejorar su entorno, lo cual es un legado más sólido que la simple búsqueda del placer o la ausencia de dolor. Al consultar este dilema con padres y madres, muchos coinciden en que preferirían el respeto y la honradez de sus hijos antes que una alegría cimentada en la indiferencia hacia los demás.
Vivir con la conciencia tranquila y actuar con rectitud es una forma de dignidad que se mantiene en pie cuando la felicidad flaquea. Si mi hijo fuera una buena persona, aunque su vida fuera austera o difícil, su paso por el mundo tendría un propósito claro. Al final, la bondad es una brújula moral que le permitiría enfrentarse a la adversidad con la cabeza alta, algo que la felicidad por sí sola no siempre puede garantizar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario