Con la ciencia avanzando rápidamente, sobre todo en campos como la biotecnología o la creación artificial de vida, no es sorprendente interrogarse por si deben existirse límites morales y si es ético que el ser humano sistemáticamente intervenga en tales procesos de creación. Que algo sea técnicamente posible no indica que sea moralmente admisible. La historia ha mostrado que el progreso científico, sin una reflexión ética, puede tener consecuencias inesperadas y/o incluso perniciosas. Por eso el establecer límites o el definirlos no es limitar el conocimiento, sino modularlo.
El "jugar a ser Dios" manifiesta el temor de que el ser humano actúe con arrogancia, como si pudiera dominar por completo la naturaleza y sus leyes. Pero la humanidad siempre ha intervenido en su entorno. Desde la agricultura hasta la medicina moderna, incorporando las vacunas o los trasplantes, hemos actuado. La cuestión ética no es, pues, la intervención como tal, sino la intencionalidad y la responsabilidad con la que se ha actuado. Si la creación de vida artificial produce alivio del sufrimiento, cura de enfermedades y mejora de la calidad de vida, puede considerarse como un paso más adelante en el deseo humano de entender y transformar el mundo. Pero si se actúa sin prudencia, sin llevar a cabo una evaluación de los riesgos, sera cuando llegen los problemas.
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