domingo, 15 de febrero de 2026

Blog XII

 La inteligencia artificial reproduce nuestros prejuicios.

Cuando pensamos en la inteligencia artificial, a menudo la vemos como si fuera una persona. Pero la verdad es que la inteligencia artificial aprende de lo que hacemos y de cómo vivimos. Empresas como OpenAI y Google hacen sistemas que analizan mucha información para encontrar patrones. Estos patrones vienen de personas reales, con todos sus defectos.

El problema es que nuestra sociedad no es perfecta. Hay cosas que no están bien y que han estado así durante mucho tiempo. Si la inteligencia artificial aprende de datos que muestran estas injusticias, es probable que las repita. No lo hace porque quiera, sino porque está imitando lo que ve en los datos. Es como un estudiante que aprende de un libro con errores. Si nadie corrige el libro, el estudiante aprenderá cosas malas.

Cuando la inteligencia artificial discrimina, en realidad está mostrando algo que ya existía antes. La inteligencia artificial no tiene conciencia ni sentimientos. No puede decidir ser injusta. Solo sigue patrones. Entonces, ¿quién es responsable? Las personas que diseñan el sistema, las empresas que lo usan y la sociedad que ha generado esos datos.

A veces es más fácil culpar a la inteligencia artificial porque parece fría y objetiva. Decir “lo ha decidido la inteligencia artificial” suena como si nadie fuera responsable. Pero eso no es cierto. Detrás de cada sistema hay decisiones humanas. La tecnología no es independiente de nosotros. Es un reflejo de lo que somos.

La inteligencia artificial puede ser útil, pero no debería reemplazar a las personas en decisiones importantes. Hay cosas que requieren empatía y valores, y eso no se puede programar fácilmente.

Al final, más que preguntarnos si la inteligencia artificial es injusta, deberíamos preguntarnos si nosotros lo somos. La inteligencia artificial es como un espejo. Lo que vemos en ella dice más sobre nosotros que sobre la máquina.

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