El gran avance de la tecnología nos ha colocado frente a un espejo que no siempre devuelve una imagen amable. Al hablar de la “ vida artificial", solemos pensar o hasta perdernos en la semántica de "jugar a ser Dios", cuando el verdadero peligro no es la ambición de crear, sino la arrogancia de no querer cuidar lo creado. El ser humano no debería tener permiso para "hacer y deshacer" a su antojo por una razón puramente ética: la responsabilidad es proporcional al tener poder. Si la ciencia logra engendrar una forma de vida con capacidad de sentir o procesar su propia existencia, nuestra relación con ella debe dejar de ser la de un fabricante con su producto para convertirse en una de respeto y protección. No somos dueños de la chispa vital, aunque nosotros hayamos creado y diseñado el circuito.
En cuanto a la toma de decisiones en ámbitos tan sensibles como la justicia, la medicina o la educación, mi postura es firme: la objetividad de este tipo de datos solo es una ilusión peligrosa si se aleja de la compasión. Una IA puede analizar patrones de reinicio de síntomas clínicos con una rapidez asombrosa, pero carece de la capacidad de entender el dolor, el arrepentimiento o el matiz humano. El límite debe estar en la última palabra; la tecnología debe ser la herramienta que ilumine el camino, pero nunca la mano que dicte la sentencia o el diagnóstico definitivo. Encargar nuestra libertad de conciencia a un algoritmo por pura comodidad sería el principio del fin de nuestra humanidad.
Finalmente, debemos dejar de señalar a la IA como la culpable de la discriminación. Eso es una distracción conveniente. Si un sistema reproduce prejuicios racistas o de género, no es porque la máquina sea malvada, sino porque somos nosotros los que la alimentamos con nuestra propia historia de injusticias. La IA es el síntoma, no la enfermedad. Y somos nosotros los responsables de cómo actúa la IA.
Como consecuencia, somos nosotros los que debemos entender que la creación de la IA no es más que solo una pequeña prueba de cómo somos y de lo que podemos crear. Nuestro rol en estas ocasiones es ser más inteligentes en cómo las programamos. Porque al final del día, el éxito de nuestra generación y las siguientes, no se medirá por cuanta tecnología podamos crear, sino por la humanidad que logremos conservar en el proceso.
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