Ese día había empezado como cualquier otro. La casa estaba tan tranquila como siempre. La madre del niño lo miro antes de salir, le arreglo un poco la ropa y le dio un beso rápido en la frente. El niño, como de costumbre, protesto medio de broma. Tenía esa energía que parecía no acabarse nunca, la misma que lo llevaba a inventar juegos de guerra, a correr detrás de otros niños y a soñar con cosas que aun no entendía del todo.
La mañana seguía su curso hasta que todo cambio. Primero fue un ruido lejano, luego el polvo y los gritos de la gente. El aire se puso tenso. La madre salió corriendo, sin pensar, con la sensación de que su corazón iba más rápido que sus piernas. Busca entre la multitud, entre escombros y humo, sin escuchar nada más que su propia respiración entrecortada. No quería aceptarlo, pero en el fondo ya sabía lo que iba a encontrar.
Cuando lo vio, el tiempo se detuvo. Allí estaba, pequeño, frágil, demasiado quieto. Lo tomó en brazos como si aún pudiera devolverle la vida con un abrazo. A su alrededor, nadie se atrevía a hablar. El silencio pesaba más que cualquier ruido. Ella lo sujetaba suavemente, como cuando era un niño, como si eso pudiera retrasar lo inevitable.
Después, alguien lo cubrió con una tela blanca, y todo se puso peor por momentos. Ella se arrodilló en el suelo, abrazando lo único que había amado genuinamente. Lo apretaba contra se, intentando retenerlo aunque fuera un instante más. Y en ese gesto quedo la imagen que lo dice todo: una madre rota, con la mirada perdida, sosteniendo por ultima vez a su hijo.
Tenerlo aunque fuera un instante más. Y en ese gesto quedó la imagen que lo dice todo: una madre rota, con la mirada perdida, sosteniendo por ultima vez a su hijo.
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