La sala era estrecha y silenciosa. Las paredes de mármol gris reflejaban una luz fría que parece que provenía de la nada. En el suelo, apenas cubierto por un viejo tapete color gris, maría se arrodilló en el suelo con lágrimas en sus ojos, porque entre sus brazos sostiene un pequeño cuerpo, envuelto en una manta blanca… lo sostiene como si el mundo entero pudiera resquebrajarse si lo suelta, sus manos tiemblan, no de frío, sino de un temblor profundo que nace en el pecho.
Hasta hace unos días María y su hijo habían vivido una vida feliz, en una pequeña casa en un pequeño pueblo , aquel niño era vida, era risa y juego, era la única luz que maría veía en un mundo cada vez más sombrío, su hijo de apenas 8 años soñaba con ser un piloto, siempre jugaba con una cometa esperando que algún día él también estuviese sobre las nubes, pilotando un gran avión, en momentos como esos maría solo pensaba en una cosa y esa era que esperaba ver el sueño de su hijo cumplirse y que esperaba estar a su lado cuando lo lograse. María trabajaba como lavandera en el pueblo casi la mayor parte del día ella trabajaba para pagar los estudios de su hijo, mientras ella trabajaba su hijo estaba en clases aunque después de salir del cole casi siempre se la pasaba solo en casa y solo hasta terminar los deberes salía a jugar con sus amigos, ella sabía que su hijo era capaz de cuidarse por sí mismo ya que ya era costumbre que siempre lo dejase solo y porque sabía que el pueblo era seguro. un sábado al amanecer, maría lo despertó con suavidad antes de irse a trabajar, él le sonrió, con esa inocencia que sólo los niños conocen, después salió a correr con su grupo de amigos, llevaba una cometa improvisada, hecha con bolsas de plástico y varillas secas. Era su juguete favorito.
El cielo parecía calmo, pero en esa tierra el cielo siempre miente. Primero un rugido y luego un silencio extraño, mientras ella trabajaba su hijo jugaba con sus amigos, siempre solían a ir a lugares altos para que sus cometas volaran hasta lo más alto que pudieran alzarlas, hasta que en un descuido el niño resbaló y cayó sobre una roca, el golpe fue tan grande que era imposible pensar que sobreviviese a tal golpe, sus amigos rápidamente llamaron a unos adultos a que les ayudaran, pero ya era tarde, el niño había muerto… las personas del pueblo no tuvieron más remedio que envolver el cuerpo en una tela blanca y tener que darle la mala noticia a maría.
Cuando le avisaron a maría de que algo le había sucedido a su hijo corrió rápidamente a ver que le había pasado pero cuando llegó a casa todo era confusión, alguien le entregó el pequeño cuerpo envuelto en una tela, “Lo siento”, le dijeron, pero ella no escuchó, el cuerpo era el de su hijo, maría no creía que entre sus manos estuviese sosteniendo el cuerpo de su hijo, sus manos se cerraron sobre el bulto, las lágrimas caían sin hacer ruido, sus lágrimas empapaban la tela blanca mientras inclinaba su cabeza hasta apoyar la frente sobre el cuerpo de su hijo, cierra los ojos, siente el calor extinguirse bajo sus manos, pero aún así lo sostiene fuertemente, podría parecer que reza, pero en realidad no reza, podría parecer que llora, pero en realidad ya no hay lágrimas suficientes, lo único que queda es ese abrazo, un último refugio entre madre e hijo, una última frontera contra el olvido.
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