Habían pasado dos días desde la última vez que le había visto. El miércoles, Amira dejó a su hijo Ibrahim a cargo de Laila, su hermana pequeña. Llevaban toda la semana bombardeando la ciudad, lo que obligaba a la gente a ir a otros lugares a por comida, ya que todos los recursos que tenían quedaban destrozados e inservibles. Amira salió temprano, junto con otros adultos, rumbo a Yata. Un pueblo próximo al que todavía no habían bombardeado en exceso.
Tenían prevista la vuelta para el mediodía, lo que suponía que Ibrahim y Laila se quedarían solos durante toda la mañana. Lo que nadie sabía era que ese día los israelíes no se iban a conformar solo con las bombas, sino que irían armados matando a los palestinos que se encontraran. El viaje a Yata duró más de lo esperado, pues Amira llegó al refugio a media noche. El día anterior le había advertido a su hijo que tuviera cuidado con la gente que se encontrara y que tratara de esconderse en cualquier lugar para que no corrieran peligro. Cuando Amira entró a lo que hacía tiempo había sido su hogar, escuchó un llanto proveniente de los escombros. Nada más escucharlo, identificó a su hija y corrió a sacarla de ahí. Cuando logró verla, estaba toda rasguñada y con grandes moretones a lo largo de su pequeño cuerpo. Comenzó a llamar a Ibrahim, pero lo único que se lograba escuchar eran las bombas y los disparos cerca del lugar.
A la mañana siguiente, Amira comenzó a buscar a Ibrahim cerca de donde había encontrado a su hija pequeña, pero la búsqueda no daba resultados. Estaba desesperada, pero a pesar de todo eso, consiguió calmar a Laila, algo que en esas circunstancias era complicado. Cayó el sol y con él, las esperanzas de una madre atormentada por encontrar a su hijo.
Nada más salir el sol, Fátima, una amiga de Amira, apareció corriendo de la nada. Estaba llorando y su boca pronunciaba la misma palabra una y otra vez, Ibrahim. Amira se incorporó en un segundo y salió corriendo tras ella. Estaba ahí. Frente a ella. Una manta cubría su delgado cuerpo. Dos días llevaba ahí tirado, muerto. Amira se arrodilló y comenzó a llorar desconsoladamente. Se aferró a él, como si de esa manera pudiese devolverle la vida, pero ya era demasiado tarde.
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