domingo, 28 de septiembre de 2025

Blog III - fotografía (Izaskun)

La historia de este niño puede ser la de cualquier familia de Palestina. Creció en una familia común, de clase media. Iba al colegio con sus amigos, jugaba en el parque los domingos y disfrutaba de una vida normal. Hasta que Israel, como represalia por la matanza de 1.500 israelíes por parte de Hamás, comenzó un genocidio asesinando a más de 65.000 palestinos, entre ellos muchos niños.


Todo empezó cuando bombardearon su casa, se quedaron sin alimentos, sin hogar, sin nada. Este pequeño niño ayudaba a su madre a conseguir los alimentos necesarios, que rara vez conseguía, ya que eran muy escasos. En un viaje de esos, unos francotiradores comenzaron a tirotear a los palestinos mientras recogían alimentos. Gracias a su astucia, este niño supo reaccionar rápidamente y se refugió entre los escombros, cuando se dejaron de oír los tiros, volvió con su madre.



Conforme iban pasando los meses, menos alimentos podían conseguir. Como resultado, el niño comenzó a sentirse cada vez más débil hasta tal punto de que su madre temía por su vida. Ella hizo todo lo posible por conseguir alimentos, pero lamentablemente su búsqueda fue en vano. Días después, la madre le llevó a un hospital, sin perder la esperanza de que alguien ayudara a su hijo. Una vez allí, como la ayuda humanitaria era muy escasa, estuvo horas y horas pidiendo ayuda. Cuando por fin la atendieron, lo único que le dijeron fue que no se podía hacer nada por su hijo. Le carcomía la angustia, la ansiedad, la depresión, por no poder hacer nada por salvar la vida de su hijo de apenas 7 años. Tiempo después el niño murió de hambre. La mujer destrozada, lloraba desconsoladamente la pérdida de su único hijo. Gritaba desolada, por el dolor, la impotencia y la injusticia de esta situación.


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